Del otro lado de las piedras

donde nacen todos los grandes vértigos del alma. Olga Orozco

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Home Archive for 2016
Patria, amor mío, quiero juntar todas las ganas, 
todo el guitarrerío donde tu pueblo canta
para que, copla a copla, nos vayamos sabiendo
el tamaño, la furia, la herencia solidaria;
ese modo de sernos uno al otro, camino
o río tumultuoso o historia castigada,
mientras que a golpe vivo de miseria aprendemos
que hay que empuñarse el rumbo sin pleito sin abogados.
Porque siempre nos joden, siempre nos joden, patria,
siempre los comedidos nos lleva a otra parte
¡y basta! ¡ya está basta! ¡terminémosla, patria!
Y juntemos a todos en una misma gana
para voltear el odio, el miedo, la miseria
y avanzar con el rostro nacional por el alba.
Digo que un hombre solo, sólo es un hombre, digo
que tiene su misterio el hombre solitario,
pero ya estoy cansado del misterio gratuito,
de la soledad pura y el silencio importante;
ya no quepo en la luna de tanto andar las noches
tuteándome con todos los duendes de la calle;
Digo que un hombre solo, sólo es un hombre solo
y que no tengo tiempo de amparar solitarios.
Tanto andar, tantos pasos por las calles en vilo,
cuánto que uno se busca, tanto que hemos andado
-no digamos que todos, pero la mayoría-
buscando el fundamento de lo que nos separa,
de eso que no nos deja reunir la alegría
y repartir a todos la sal, el pan y el agua,
esos tres elementos de que se nutre el grito,
el himno que supimos y el amor que nos salva,
tanto y cuánto que gasta la historia con nosotros
para que nos unamos de una vez por debajo
y sin embargo cuesta y sin embargo tarda
y sin embargo hay alguien que caerá mañana,
alguien que hoy no ha comido con los hijos mirándolo,
mirándonos, mirando tus cereales, patria.
Sumar uno más uno hasta llegar al hombre,
al país que dijimos sin olvidar a nadie,
súmame, patria, el niño que te ha visto vestida
de estival y muchacha con los sueños al aire
pero con lo labriego, con lo gremial del canto,
súmame lo de todos, cuéntame padre y madre
porque así es como puedo soñarte el horizonte
y una dulce pradera de pan multiplicado.
Hay que juntar las ganas y contar desde abajo,
vamos uniendo rostros, manos, sueños, olvidos,
flor turbamulta, quiero a la altura del día
el regreso de todo lo que fue sumergido.
A partir de esta calle no hay posible regreso,
no hay otro pacto que éste, pero sin apellidos
y no es fácil ni pronto, ni ya voy ni gemidos,
ni discursos, ni curas, ni general, ni edicto,
no hay arreglo, no hay nada que hacerle en este asunto:
hay que juntar las ganas, organizar el grito
y despertar de pronto como un solo estallido.
Patria, amor mío, es hora, se han cumplido los siglos.
Estoy fundiendo todas las manos de tus hijos,
aguarda que ahora tengo el corazón al viento
y en el viento un aroma popular encendido.
Espéranos, iremos por los barrios hermosos
donde el día transcurre custodiado de niños,
diciéndonos que es grave pero bello tenerte
limpia de capataces metálicos y cínicos.
Espérame. Esperemos. El último ha salido.
Hay que marchar con todos para soltar la aurora
de adentro de tu pueblo como un inmenso río
por donde irá la vida liberada cantando:
¡ya vuelvo, amor, América, espérame en el trigo!
Tu vida es tu vida 
no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión
mantente alerta
hay salidas
hay una luz en algún lugar
puede que no sea mucha luz pero
vence a la oscuridad
mantente alerta
los dioses te ofrecerán oportunidades
conócelas
tómalas
no puedes vencer a la muerte pero
puedes vencer a la muerte en la vida, a veces
y mientras más a menudo aprendas a hacerlo
más luz habrá
tu vida es tu vida
conócela mientras la tengas
tú eres maravilloso
los dioses esperan para deleitarse
en ti.


 las palabras
aisladas
son acopio. Plegadas,
desafían
la atención. Cuando digo
‘la hebra’
el mundo se devana.

Las palabras-semilla desarrollan
raíces, se despliegan
en árbol y florecen
de pie.
Vale la pena
contemplarlas.

Hay otras,
como gotas, que se alargan
en hilo, se convierten
en río y se confunden
con el mar.
Eran dulces
y son amargas.

Las que forman
cristales
te incluyen.
Lo que entra
ya no puede salir.

No queda nada
fuera.

Las herméticas
incuban lo que sientes.
No confirman
ni desmienten:
que sea
lo que es.

Las palabras se unen
de a dos, de a tres,
y forman las guirnaldas
del tiempo.
Cuando acaban,
el tiempo se repliega
de nuevo.

¿Cuántas veces
atestiguan en contra?
No diríamos
‘diversión’, ‘pasatiempo’,
ni en otro orden ‘éxtasis’, ‘transporte’,
si no fuera deseable
perderse:
cuando pienso
‘nirvana’,
palabras y palabras y palabras
se anulan,
se desdicen,
y se abren

las trampas.
Este buda

te saluda.




Me ve como desde un siglo remoto,
como desde un estrato geológico distinto.
Del idioma que algunos atesoran
le dieron de limosna una palabra
para pedir su pan y otra para dar gracias.
Ninguna para el diálogo.
El domador, con látigo y revólveres,
le enseña a hacer piruetas divertidas,
pero no a erguirse, no a romper la jaula,
y lo premia con una palmada sobre el lomo.
Aunque son tantos (nunca se acabarán, prometen
las profecías) cada uno
cree que es el último sobreviviente
-después de la catástrofe- de una especie extinguida.
Allí está; receptáculo
de la curiosidad incrédula, del odio,
del llanto compasivo, del temor.
Como una luz nos hace
cerrar violentamente los ojos y volvernos
hacia lo que se puede comprender.
Nadie, aunque algunos juren en el templo, en la esquina,
desde la silla del poder o sobre
el estrado del juez, nadie es igual
al pobre ni es hermano de los pobres.
Hay distancia. hay la misma extrañeza interrogante
que ante lo mineral. Hay la inquietud
que suscita un axioma falso. Hay
la alarma, y aun la risa,
de cuando contemplamos
nuestra caricatura, nuestro ayer en un simio.
Y hay algo más. El puño se nos cierra
para oprimir; y el alma
para rechazar lejos al intruso.
¡Qué náusea repentina
(su figura, mi horror)
por lo que debería ser un hombre y no es!
Como irreverentes brotes en el lomo del desierto, 
en grietas de secas secadoras sequías,
que ante mezquinas gotas de algún trasnochado chaparrón,
porfiando puja un verdor vegetal,
rubricando esa imperecedera vigencia de la semilla,
hasta en agreste greda azotada por latigazos del zonda.
Así germinan hoy en la “multidescubierta” América,
memorias antiguas que en vez de temblar truenan,
truenan la buena nueva de nativos pueblos,
pisoteadas durante cinco siglos de sangrías implacables,
y como los nativos de América no le fueron suficiente a la barbarie,
la civilización importó seres libres de África para esclavizarlos acá.

Descubierta, conquistada, colonizada, esclavizada, evangelizada, pauperizada, agredida, masacrada y expoliada América nuestra,
defendida por recordados gigantes de pasados tiempos:
Túpac Amaru y sus cien mil montoneros armados de lanzas y piedras,
Juana Azurduy y los ciento diez caudillos indios montoneros,
montoneras mexicanas, argentinas y del Alto Perú,
Jean Jacques Desselines al frente de los más negros y más primeros
haitianos, emancipados a sangre y machete del yugo español,
Bolívar, Martí, San Martín, Miranda, Sucre, Felipe Varela, Artigas,
entre otra pléyade de patriotas y pensadores.

Han cambiado nombres y apellidos,
la lucha y la muerte han cambiado de máscara,
no ha cambiado el por que de la contienda,
no ha cambiado la vergüenza ni el valor,
de aquellos ni estos lidiadores,
han cambiado fronteras, clima, bosques y horizontes,
han cambiado límites naturales y desviado cauces,
han cambiado el trueque por el mercantilismo,
no ha cambiado el ser humano como mercancía,
antes eran los esclavos ya fueren americanos o africanos,
hoy son atletas, científicos, políticos y gobernantes,
mercenarios los hubo siempre mas han proliferado desproporcionadamente,
han cambiado costumbres y procederes,
pero los arroyos siguen fluyendo a los ríos y estos a la mar.

Entre la lujuriante vegetación reforestadora del yermo,
surgen disímiles nombres procedentes de etnias indias,
del turbio licuado de cinco siglos, 
del que fuimos masa de frutas inconsultas,
que seguramente no será por los siglos de los siglos,
ni amén, ni a pesar de la avaricia;
otros descienden de americanos pobladores
y otros de los barcos de ultramar,
remolcando un viejo hastío de ser,
de países nacidos de mentiras y traiciones,
de ser hijos de una depredación cultural,
ignoradas sus terruñeras raíces americanas, en nombre de,
el cristianismo español con el estandarte de genocida Pizarro;
resultando última desesperada esperanza,
en erradicar la aridez ya asfixiante,
hoy por hoy emanada de la otra América gringa,
sin salvarse siquiera las arenas miserablemente habitadas.
Habiendo dividendos allí va el fuego escupiendo prepotencia letal,
cínica, devastadora, todopoderosa y genocida.

Desde el traje y corbata del “europeo” Kirchner,
ex perseguido por torturadores del Plan Cóndor,
al colorido pulóver a rayas del indio Evo de Tiwanako,
quien de chico fuera migrante zafrero a la caña jujeña,
quien de siete hermanos a cuatro se los llevó el hambre aún niños,
el mismo Morales expulsado del Parlamento boliviano en el 2002,
el mismo consagrado Presidente en el Parlamento boliviano en el 2006.
Desde el mestizo macho venezolano Chávez,
ex sublevado, detenido, presidenciado, destituido, secuestrado,
y retornado por el pueblo a su legal Magistratura,
a la ex torturada, exiliada, por las plancondoristas pinochetadas,
la agnóstica hembra rubia Michelle Bachelet.
Desde el tornero “portugués brasileiro” Lula,
al oriental uruguayo socialista Tabáres.
Y ya habrá tiempo de opinar cantando como le gustaba a Martín Fierro,
sobre futuras cajitas de sorpresas políticas,
como aparenta serlo el nativo peruano Ollanta Humala,
tan aparentemente parecido al carapintada argentino Aldo Rico.

En fin, hay plantas y plantitas, flores y florcitas,
y semilla, innumera semilla urgiendo el brote,
venteando la primer aguada del diluvio americano.
Los memoriosos recuerdan que, los primeros cúmulos nimbos,
se formaron cuando un grupito de maravillosos irresponsables,
haciendo caso omiso al orden preestablecido por la corruptela,
con un rubí cinco franjas y una estrella,
comenzaron a vibrar en la montaña, 
desde una cubana isla del caribe,
contagiándonos la húmeda voluntad germinadora, ya que,
“Esta gran humanidad ha dicho basta y ha echado a andar” 
No invento para ti un miserable paraíso de momias de ratones,
tan ajeno a tus huesos como el fósil del último invierno en el desván;
ni absurdas metamorfosis, ni vanos espejeos de leyendas doradas.
Sé que preferirías ser tú misma,
esa protagonista de menudos sucesos archivados en dos o tres memorias
y en los anales azarosos del viento.
Pero tampoco puedo abandonarte a un mutilado calco de este mundo
donde estés esperándome, esperando,
junto a tus indefensas y ya sobrenaturales pertenencias
—un cuenco, un almohadón, una cesta y un plato—,
igual que una inmigrante que transporta en un fardo el fantasmal resumen del pasado.
Y qué cárcel tan pobre elegirías
si te quedaras ciega, plegada entre los bordes mezquinos de este libro
como una humilde flor, como un pálido signo que perdió su sentido.
¿No hay otro cielo allá para buscarte?
¿No hay acaso un lugar, una mágica estampa iluminada,
en esas fundaciones de papel transparente que erigieron los grandes,
ellos, los señores de la mirada larga y al trasluz,
Kipling, Mallarmé, Carroll, Eliot o Baudelaire,
para alojar a otras indescifrables criaturas como tú,
como tú prisioneras en el lazo de oscuros jeroglíficos que las ciñe a tu
especie?
¿No hay una dulce abuela con manos de alhucema y mejillas de miel
bordando relicarios con aquellos escasos momentos de dicha que tuvimos,
arrancando malezas de un jardín donde se multiplica el desarraigo,
revolviendo en la olla donde vuelven a unirse las sustancias de la separación?
Te remito a ese amparo.
Pero reclamo para ti una silla en la feria de las tentaciones;
ningún trono de honor,
sino una simple silla a la intemperie para poder saltar hacia el amor:
esa gran aventura que hace rodar sus dados como abismos errantes.
El paraíso incierto y sin vivir.



Sueño que voy al Norte.

          ¿Hacia dónde mirar si ya se está en el Norte?
          Se movieron las grandes aspas de la
conciencia. Giraron con el viento. No luché contra
ellas.

         Un viaje a la espera del fruto tardío.
         Al lugar más pesado, al más antiguo.

        Para dejarlo todo, mientras los grandes
monumentos desfilan bajo el crepúsculo.
        Para ver el camino y sus cáscaras, sus
palabras fijas.

        Baja la raíz, pero no se detiene cuando se
encuentra con la piedra.
        Así lo familiar no se detiene cuando se toca
con lo extraño, así mi mano escarba Europa.
        Amplio es el rodeo.

Que alguien me libre
del gesto disciplinado del bonsai
que se acurruca
para no herir el aura
que rodea su frente

Que alguien me libre
del rigor de ser hija de los dioses
sacrificada
por hacerse a la idea
del dedo que la asfixia

Que alguien me libre
de buscar redención en el silencio
Que mis manos
desconozcan el orden
que me obliga

Que alguien me libre
de agachar la cabeza para ser coronada

Yo tengo la avaricia del lenguaje


 

En el sueño soy otro que se parece a mí.

En la arena del sueño cruza un tren.
La silueta de un viejo  va borrando las huellas
con un plumero negro.
Tras la locomotora
el ruido de tus pasos y los míos anudados a un tango
a una canción revuelta
a un roquerío lejano donde van a morir todas las camas.
y la luz en la luz
y el anciano en lo suyo.

En el sueño soy otro que se parece a mí.
Este que ves ahora, no se parece a nadie.



Y por eso me voy de este lugar de brujos,
de gente bella, de tinieblas
donde mis esperanzas abortan
mis caminos terminan
y no soy capaz de conceder al tiempo
ni segundos de mi sangre
que se enfría y se calienta porque sí.
Este lugar hechizado y hechizador
que no tiene espacios ni rincones
donde dormir, mirar sin decir nada.
Estoy de más en el mecanismo complicado
de este país hostil
que me presta la última ternura
justo al abrirse mi esperanza.
Y me voy hacia el olvido
porque no debo quedarme un minuto más
tapándoles el sol como si nada.



Nada ha cambiado.
El cuerpo es doloroso,
debe comer, respirar y dormir,
tiene la piel fina, y sangre que aflora,
reservas de uñas y dientes,
huesos que se fracturan, ligamentos que se estiran.
La tortura toma en cuenta todo esto.

Nada ha cambiado.
El cuerpo tiembla como tembló
antes y después de la creación de Roma,
en el siglo veinte antes y después de Cristo,
la tortura permanece, sólo la tierra ha retrocedido,
y todo sucede como en la habitación de al lado.

Nada ha cambiado.
Simplemente hay más seres humanos,
a las culpas seculares se añaden nuevas culpas,
reales, supuestas, momentáneas y nulas,
pero el grito que el cuerpo hace surgir
es siempre un grito de inocencia
según los eternos registros y medidas.

Nada ha cambiado.
Sólo ciertas maneras, ceremonias y danzas.
Pero las manos que protegen la cabeza
hacen siempre el mismo movimiento.
El cuerpo se retuerce, se estremece, se debate,
cae en una zancadilla o dobla las rodillas,
se pone lívido, se infla, babea y sangra.

Nada ha cambiado.
Salvo el curso de los ríos,
el lindero de los bosques, ríos, desiertos y glaciares.
A través de estos paisajes erra la pobre alma en pena,
desaparece, vuelve, se aproxima o se aleja,
extraña a ella misma, siempre inaprensible,
a veces segura, a veces dudando de su existencia,
mientras que el cuerpo, él, es y es y es,
y realmente no encuentra a dónde ir.



Somos los que encendimos el amor para que dure,
para que sobreviva a toda soledad.

Hemos quemado el miedo, hemos mirado frente a frente al dolor
antes de merecer esta esperanza.

Hemos abierto las ventanas para darle mil rostros.



Vago por los costados de la ciudad,
por sus contrafuertes derruidos.
Vago ciego, sordo, vago como flotando.

Una luz de cuchilla me acaricia,
raspa el barítono:
“…Si vinieras de noche como un rey destronado.
Si vinieras sin saber a qué has venido.”

Vago  ciego, sordo, vago como flotando,
rey yo, sin corona yo,
repleto de autoestima,
comido por los pájaros.

Sobre este ripio construí mi fortaleza,
estas son mis medallas:
ni triste, ni alegre, ni lleno, ni vacío.

Nada me atemoriza,
nada me avergüenza,
nada me obliga.

Recojo un poco de tierra y la lanzo al aire,
estiércol y oro me devuelve el aire,
oro y estiércol para mí,
para el esqueleto que va conmigo,
vagando, etc., solo vagando



Cómo no ser dueño de nada ni de nadie.
Cómo abrir esta jaula y dejar libres los pájaros.
Pro vita sua.

Digo lo del griego: “Yo fui un muchacho
y su muchacha, un pez torpe en la corriente”.

Digo ahora: Es difícil rescatar antiguos versos,
lejanas sensaciones que hoy no corresponden
al movimiento de mi mano.

Se trata quizá de ordenar viejos datos,
diamantes guardados en la memoria,
notas acerca de alguien que fue torpe y dulce
y torpe una vez más.

Creo que esto es la Poesía. Libres los pájaros,
absueltas las equivocaciones y las culpas,
limpia por fin el alma. Pro vita sua.



La miro con detenimiento, 
con fruición. Es diferente: brilla
con luz y oscuridad, su forma
quiso parecer un corazón
pero quedó a la mitad.

Sonríe y mira.

"La llave de mi corazón" decís al
ponerla sobre mi mano,
y vuelvo a mirarla por si fuera cierto,
como si sólo debiera elegir
el momento, el modo de la entrada.

Creer en las palabras, en el
latir que las empuja hasta la dicción,
que lo que dicen es cierto,
de alguna manera.
Creer en lo que se ve, en lo que el cuerpo
recibe, agradecido, y que el sudor deja
más que sal piel adentro.

Antes que la religión, el amor
es materia de fe.



ah, Poesìa
madre de todas las demencias!
desde lejos
me arrullas
hasta el último cielo
como la nodriza nocturna
que les da de comer palabras
a sus perros.



   




Espesura de dagas en un hueco de infancia.

Y desde allí a la juventud
¿qué?
Hambre y olvido.
Un nuevo cargamento.
Municiones.

La íntima pena de callar, callar, rendirse
hasta
c
a
e
r.

Y con ese furor, con esos tajos
¿qué?

Raspá la furia diría el padre.
Raspá la furia le diría la madre.

(Toda la culpa mismo ahí.)

¿Quién
podrá distraerme las lágrimas?

Si la muerte es una corrupta,
mide su tiempo en mi memoria:
hipoteca los cuerpos.

Si es demasiado violento revivir:
no hay trama que sostenga
la mirada de un hijo maltratado.


.
Cada uno carga su familia como los mendigos sus bolsas raídas,
esas cosas que ya no sirven para nada,
pero no se pueden abandonar: son parte del propio cuerpo,
del camino recorrido. Es difícil soltar lo que nos ha acompañado
tanto tiempo, aunque lastime y agobie, y la espalda se incline
bajo el peso. Como si fuéramos la muesca diminuta
sobre el arma que alguien disparó en un pasado remoto,
en una tierra desconocida decidieron por nosotros, antes
de que naciéramos, hasta los muertos a los que tendríamos que llorar.
Pero si nos acompaña una multitud a cada paso, pienso,
el aislamiento no resuelve nada. Ni construir una cabaña
con las propias manos en el monte impenetrable,
darle la espalda al mundo y a los demás, volverse un paria
que ha rechazado su lugar entre los otros
para quedar libre de una deuda
que de todas maneras va a tener que pagar. Entonces,
si todos los cuerpos reunidos al principio
quedan atados por un nudo que atraviesa el tiempo
y es increíblemente firme, imposible de desatar,
¿cómo ser en la vida algo más que una especie
de fenómeno natural: un latigazo del cielo, un rayo,
que destroza sin razón y sin sentido, o al revés,
una lluvia suave que reverdece el campo seco y trae alivio
a los cultivos moribundos? Es decir,
¿cómo ser algo más que un impulso ciego
que actúa sin voluntad de hacer el bien ni el mal, por pura inercia
desprendida del pasado, de los deseos, los terrores,
las pasiones de la tribu? A veces creo, pero es una cuestión de fe,
no sé si es cierto, que se puede construir una familia
a partir de cosas ínfimas
que no forman parte de la historia que nos fue contada
a través de las palabras o del cuerpo de los que amamos.
Que podríamos descender en el tiempo
hasta el instante en que aún no habían empezado ni la fealdad
ni el miedo, a través de una memoria física que nos devuelva
la humilde y pura gracia de respirar. Hablo
de atarnos a detalles tan insignificantes
que no serían jamás parte del drama y por eso mismo no podrían
convertirse en el hueso de tu infelicidad. Sería tan distinto, claro,
si tu familia fuera el día en que conociste el verano,
la primera experiencia de alegría bajo un chorro de agua en el sopor
pesado de la siesta, el olor de la tierra mojada y el contacto
del pasto en los pies descalzos. La risa, levantándose
como la bruma del calor hacia lo alto. Si fuera tu destino ese punto
del pasado, ese resplandor que quedó grabado a fuego,
clavado en tu carne como la herradura en la pata de un caballo joven,
de un potrillo que en el momento de entrar al establo se retoba y corre
y es capaz de fugarse de la vida que le espera.


Así como el cuerpo es uno y tiene
muchos miembros
pero todos los miembros del cuerpo siendo
muchos
son
un sólo cuerpo
si el pie dijera "porque no soy mano
no soy del cuerpo"
o la oreja como no soy ojo no soy del cuerpo"
o la flor "porque no soy rostro no soy el pueblo"
o el pueblo
"como no soy flor no soy del pájaro"
o el pájaro "porque
no soy árbol no soy del combatiente"
o el combatiente en su
tumba " como no soy flor no soy pueblo"
y el pie
no mano ¿por eso no será del cuerpo?
y la oreja no ojo
¿por eso no será del cuerpo?
y la flor no rostro ¿por eso
no será del pueblo?
y el pueblo no flor ¿por eso no será
del pájaro?
y el pájaro no árbol ¿no será del combatiente por eso?
y el combatiente no flor ¿no será del pueblo por eso? ¿y
el pueblo de él? ¿y de él la flor que brilla bajo la pura mañana
en su sepulcro?
¿la flor que una mano en su tumba puso? ¿mano que
ni pie ni ojo ni árbol es
y pueblo es y cuerpo y combatiente?
¿mano que necesita pie y ojo y también flor? ¿pueblo
que necesita al combatiente? ¿gracia del día bajada sobre él
como flor como pueblo? ¿él sobre el pueblo
como gracia del día como flor?



se sienta a la mesa y escribe
«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice

y más: esos versos no han de servirle para
que peones maestros hacheros vivan mejor
coman mejor o él mismo coma viva mejor
ni para enamorar a una le servirán

no ganará plata con ellos
no entrará al cine gratis con ellos
no le darán ropa por ellos
no conseguirá tabaco o vino por ellos

ni papagayos ni bufandas ni barcos
ni toros ni paraguas conseguirá por ellos
si por ellos fuera la lluvia lo mojará
no alcanzará perdón o gracia por ellos

«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice
se sienta a la mesa y escribe


Yo estuve lavando ropa
mientras mucha gente
desapareció
no porque sí
se escondió
sufrió
hubo golpes
y
ahora no están
no porque sí
y mientras pasaban
sirenas y disparos, ruido seco
yo estuve lavando ropa,
acunando,
cantaba,
y la persiana a oscuras.





Y bien, aquí estamos de nuevo. Yo, sentado
frente al ordenador, sin bañarme. Tú,
como siempre, detrás de la pantalla, haciéndome
gestos en la música, nadando en el café ya frío.
Por la ventana veo caer la nieve. No le presto

atención, hace tiempo dejó de ser metáfora.
Pronto volverá Jannine de la universidad.
Si en diez minutos no apareces
me iré a tender la cama, a darme una ducha,
a calentar el almuerzo. Tal vez entonces
te vea dormida entre las sábanas, en las gotas
que resbalan en la cortina del baño, dejando
mensajes en la borra del café. Ya lo sabes:
si te escondes, bien; si vienes, bien. La paciencia
es una virtud que se gana con los años. Cuando
llegue Jannine le diré que he perdido la mañana.
Me dirá sonriendo que no importa, y será suficiente
para volver a empezar. Lo malo de la poesía
—dijo Billy Collins— es que anima a escribir más poesía.

Creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema. Pero hoy, cuántas veces me he preguntado cómo encarnar esta palabra, cómo vivir la resistencia. Antes, cuando la vida era menos dura, yo hubiera entendido por resistir un acto heroico, como negarse a seguir embarcado en este tren que nos impulsa a la locura y al infortunio.
¿Se le puede pedir a la gente del vértigo que se rebele? ¿Puede pedirse a los hombres y a las mujeres de mi país que se nieguen a pertenecer a este capitalismo salvaje si ellos mantienen a sus hijos, a sus padres? Si ellos cargan con esa responsabilidad, ¿cómo habrían de abandonar esa vida?

La situación ha cambiado tanto que debemos revalorar, detenidamente, qué entendemos por resistir. No puedo darles una respuesta. Si la tuviera saldría como esos creyentes delirantes -quizá los únicos que verdaderamente creen a proclamarlo en las esquinas, con la urgencia que nos ha de dar los pocos metros que nos separan de la catástrofe. Pero no, intuyo que es algo menos formidable, algo mas silencioso, algo que corresponde a la noche en que vivimos, apenas una vela, algo como lo que es esperar.


No es para mí el pulso apaciguado
Debajo de la hierba
se sacian los leopardos de palabras hirientes

Cuando yo era pequeña jugaba con sus crías
Nos olíamos
con lujuria y torpeza Malparados
Había que atreverse:
ni belleza
ni alivio

¿Querías un misterio?
Todavía consigo ajustar mi cabeza entre sus fauces
y cantar sin sentido
No me duele

Dura
-como las piedras-
sólo lo que me fue robado

Si hace frío
hinco el diente en mi seda
y ruego.



Quien fue dañado lleva consigo ese daño,
como si su tarea fuera propagarlo, hacerlo impactar
sobre aquel que se acerque demasiado. Somos
inocentes ante esto, como es inocente una helada
cuando devasta la cosecha: estaba en ella su frío,
su necesidad de caer, había esperado
-formándose lentamente en el cielo,
en el centro de un silencio que no podemos concebir-
su tiempo de brillar, de desplegarse. ¿Cómo soportarías
vivir con semejante peso sin ansiar la descarga,
aunque en ese rapto destroces la tierra,
las casas, las vidas que se sostienen, apacibles,
en el trabajo de mantener el mundo a salvo,
durante largas estaciones en las que el tiempo se divide
entre los meses de siembra y los de zafra? Pido por esa fuerza
que resiste la catástrofe y rehace lo que fue lastimado todas las veces
que sea necesario, y también por el daño que no puede evitarse,
porque lo que nos damos los unos a los otros,
aún el terror o la tristeza,
viene del mismo deseo: curar y ser curados.


Yo no toco el cielo con las manos
pero camino la tierra pedregosa
lo seco del sendero incómodo, ondulado
por el que van los collas.
Los sigo como víbora ascendiendo
llevada por el viento dulce
de sus trombones.
Como la extraña que soy, la deslumbrada
me extasío ante la fiesta de sus ropas,
sus plumas, sus coronas.
Sigo la ronda de cerveza derramada
sobre la Pachamama, la ofrenda de embriaguez
con que esta noche
entramos todos al mundo del Espíritu.
Todos, aun yo
que no bendije mi sueño en la Apacheta
ni entregué mi tesoro
a la cosecha que nadie me enseñó a adorar.
Porque soy blanca
no sé más que mirar con ojo ajeno
la fanfarria que avanza en dirección al templo
erigido en Kalassaya
y copiado en la loma, entre las tunas
en la aridez del Alto comedero
por los bloqueros negros de Milagro,
“la flaca”, emponchados de ovejas y vicuñas.
Y al asomar el Inti
por detrás de los cerros
imito el gesto abierto de sus palmas
que crepitan al calor del rayo
apabullantemente vivas. Porque soy blanca
y extranjera
no toqué al animal sagrado ni veneré a los muertos
vestidos para subir con él, tampoco he visto
sembrar a Mama Quilla las semillas prolíficas.
Todo lo que renace y lo que muere
se aloja entre sus manos
reflejo de obsidiana en el dorado
del amanecer. Porque soy blanca
disipé la fortuna del solsticio
que hoy enriquece el corazón de mis hermanos.
Ni un solo día fui comida por el hambre
no fui esclava del hombre del Ingenio
el azúcar fue dulce para mí.
Por mis poros no pasan los secretos del Inti
porque él no confía
en esta piel que ha negado su influjo
la chispa por la cual
entra el misterio como entra el amor
haciendo despuntar la flor de la humildad
de los guerreros. Veo las lanzas del dolor
a punto de volar
ya detenidas. La infinita paciencia
que al grito de ¡Jalalla!
le da vida otra vez al gran Tupac, víbora brava
que inocula justicia entre los dedos
de un Supay congelado en el invierno
que en el alba soy yo.





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